jueves, 22 de noviembre de 2007

No hay monedas

El día martes acontecieron varios hechos en mi vida cotidiana que me demostraron que realmente NO HAY monedas.

En primer lugar, pasé por la fotocopiadora de Nito a las 9 am y vi como el cartel que hacia referencia a la escasez del preciado acuñamiento había cambiado en forma y contenido. Hace unos meses era un diminuto papelito en el mostrador que decía: "Por favor abone las fotocopias con monedas" pero esa mañana, el pequeño papel ya se había transformado en un póster de cartulina que rezaba “Fotocopias ÚNICAMENTE con monedas”. Saqué dos míseras fotocopias pero en mi haber sólo contaba con una moneda de 0,25 así que decidí dejarles el ínfimo vuelto a Nito y su señora, quienes por prudencia prometieron reintegrarme el monto en el futuro. Media hora más tarde, desciendo a las entrañas del subte B y las dos boleteras habían improvisado dos cartelitos que me recordaban a los problemas matemáticos de la escuela primaria. Decían “Por cinco pesos le damos 8 pasajes” y otras sucesivas funciones matemáticas que favorecían al pasajero. Una mujer le preguntó el motivo del cartel a una de las boleteras promotoras y ésta le respondió que se debía a que el transporte de caudales no les había facilitado monedas.

Ya en la tarde, compré dos kilos de supremas en una carnicería de la cual no soy cliente habitual. Me sorprendió el amplio surtido del local que hasta contaba con enormes cabezas de cerdo y patas de pollo (cuando digo pata no hablo del muslo sino de esto) que podrían ahuyentar a clientes impresionables. Le pregunté el precio por kilo de suprema rebozada y el carnicero me respondió que costaba $9. "Dos kilos, por favor" le dije. Luego de una minuciosa de selección de presas para llegar al peso exacto, el avaro carnicero me aclaró: "18 con 40. Sobraron 45 gramos”. Sin salir de mi asombro por el riguroso afán ganancial del carnicero y totalmente decepcionado por no haber recibido la casi extinta “yapa” de los comerciantes, le facilité un billete de $20 con la horrible y rosada cara del restaurador de las leyes. A esto, el ya desvergonzado carnicero me dijo: ¿No tenés cuarenta centavos? A lo que pensé: Sí ¿y no querés que atienda el boliche por vos? Sin embargo, respondí lo más ridículo y disparatado para que se dejara de amarretear: “No. Ni siquiera tengo bolsillos en el pantalón” al mismo tiempo que le mostraba los laterales de mi short de fútbol desprovistos de todo tipo de receptáculo.
Con una mueca de disgusto, el minucioso faenador me extendió un billete de dos pesos como vuelto. Seguramente, al pensar en los 45 gramos de forzada yapa de suprema rebozada, no pudo conciliar el sueño esa noche.

Las monedas son un bien preciado por el mero hecho de que es la única forma que tenemos los porteños para transportarnos en colectivo. Claro está, las empresas de transporte y los mismos colectiveros sacan su ventaja de esto, ya que proveen el metal acuñado a comercios y empresas, a cambio de una diferencia de cambio favorable.
Seguramente algún obtuso planteará que esto es inmoral. Yo creo que no hay nada de inmoral en este accionar, ¿o acaso alguien plantea que las casas de cambio y los bancos que proveen euros y dólares son inmorales por quedarse con cierta diferencia?

Las únicas soluciones a este problema quedan en manos de nuestros infames dirigentes: Acuñar más monedas o crear un sistema de tarjetas magnéticas para viajar en bondi.


Necesito guita para birra, faso y putas
(che al menos no te estoy forreando)
Y ahora manguea billetes de dos pesos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

si quieres leer algo interesante sobre por qué no hay monedas, vedse a nohaymonedas.blogspot.com