lunes, 1 de octubre de 2007

Pensamiento científico

"Los hombres cuando están solos, ¿de qué hablarán?"

Esta y sus infinitas variantes gramaticales e idiomáticas conforman la pregunta que una y otra vez se formulan las mujeres durante diversas actividades de su cotidiano, cuando se duchan, cuando toman un café con una amiga, cuando cuidan niños propios o ajenos, cuando salen con las chicas y hasta en sueños. Y dicho morbo no acarrea ninguna aspiración a alcanzar una sublime revelación; tampoco canaliza la angustia de no comprender al sexo opuesto ni es una actitud chismosa ya que no apuntan a ningún hombre en particular sino a la aplicación del mero pensamiento inductivo por empirismo. Creo que el hecho que lleva a la formulación de esta pregunta es la simple curiosidad, casi me atrevo a decir, el paradigma de la curiosidad injustificada. ¿Qué podría hacer una mujer con esa información? ¿En que cambiaría su actitud hacia el género? ¿en qué cambiaría este conocimiento a la fémina? El hombre (no la humanidad) sabe que aunque se le revelase este conocimiento, le sería tan útil como saber qué porcentaje de invitados en una fiesta prefieren usar bidet o papel higiénico y quiénes conforman cada grupo. Y si tuviese que arriesgar cuáles son los temas de conversación que el otro género prefiere tratar bajo el hermetismo de una reunión privada de congéneres, arriesgaría con menor entusiasmo que si le preguntásemos cuál de sus dos oídos contiene más cera en ese momento.

Lo cierto es que aquí no se revelará a las lectoras la sumatoria de premisas de una de estas epicúreas reuniones masculinas , pero si se les ofrecerá, a modo de muestra gratis, una azarosa conclusión:

“Las mujeres no se enamoran de uno por lo que es. Las mujeres se enamoran de uno porque tienen ganas de enamorarse.”

A los muchachos.

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