miércoles, 17 de octubre de 2007

Feliz Perón

A las 7:30 el despertador dio comienzo a los últimos agónicos minutos de la transición horizontal->vertical. La ausencia de luz solar en la habitación intensificaba la agonía. "¿Qué pasó? Son 7:40. Hay que salir cagando". Fueron 10 minutos extra de agonía, pero reconfortantes. Por un momento pensé que había dormido dos horas más. Me asusté. Puse la pava en el fuego y la dejé mientras intentaba que el agua de la canilla fría despegase tenaces lagañas y actuase como un paliativo para la somnolencia. Volví a la cocina y el vapor de agua ya estaba emprendiendo su vuelo hacia la condensación. Tomé el té rápido, soplando antes de cada sorbo. No había tiempo para esperar a que se enfriase. Comí galletitas. Me puse el saco. Es primavera pero las mañanas todavía son frescas. Olvidaba las llaves que estaban sobre la mesa de la cocina. Volví a buscarlas. Salí a la vereda. Cerré la puerta. El día era diáfano. Espectacular. Pero hacía calor. Abrí la puerta. Entré y dejé el saco sobre la silla. Cerré la puerta. Tenía sueño. Por suerte no hablaría con nadie hasta dentro de media hora. Había mucho sol. Muchísimo. Los días son cada vez más largos. "Lo único malo del invierno es que oscurece muy temprano", pensé.

Llegué a Corrientes para tomar el subte. Ya no había sol, sólo tubos fluorescentes.

Había tres personas en la cola. Siempre maquillada y bronceada, las atendía la simpática boletera cincuentona que dice “Buen día” y a veces sonríe con la ayuda de los bronceados surcos de sus facciones de pasa de uva. A su lado, la boca de expendio de la boletería sin clientes. Atiende una argentina que tiene el aspecto de una norteamericana deportada. Su cabello es corto, al estilo pin y pon, y tiene claritos rubios (en realidad sus cabellos color rubio son más que los castaños). Usa anteojos de marco grueso. Es obesa y sus gruesos brazos estaban sosteniendo su bagaje de kilos que se inclinaban sobre el mostrador, ligeramente hacia el costado en que se encontraba su compañera. Miraba algo. Hace poco que la obesa atiende allí.

Pasé a la boca de expendio vacía y deposité allí mis monedas. Como la obesa no tiene la costumbre de saludar, sólo me limité a decir "dos" para que me suministrara dicha cantidad de boletos. Pero parecía que el milagro iba a producirse. Vi como los labios de la ballena comenzaban a contorsionarse para vociferar algo. Podría oír su voz de sirena. Me saludaría y quizás por mucho tiempo ambos tuviésemos a alguien a quien saludar en las mañanas. Entonces, la nereida excedida en lípidos dijo con un ánimo digno de Poseidón “Esta boletería está cerrada”, cosa que no me molestó hasta que un segundo más tarde su canto de ballena dijo "¿No lees el cartel?". En ese momento pensé “Gorda de mierda y malcogida. Seguramente tu marido te mantiene a más a dos metros de distancia valiéndose del uso de un palo de escoba con un clavo en la punta a modo de arpón, instrumento improvisado que guarda con recelo para punzar tus horribles carnes de manatí, y al que le agradece por mantenerte a distancia cada vez que deseas acercarte con intentos de apareamiento y/o aplastamiento… no puedo creer que la gorda cajetuda se haya tomado el trabajo de poner el cartel, paradójicamente para no trabajar. ¿Quién carajo te pensás que lo va a leer a esta hora?

Pero el protocolo pudo más y me limité a filtrar la sarta de metáforas cetáceas, a lo que simplemente argumenté: “¿Sí está cerrada por qué no le cerrás la boca de expendio? ¿No ves que nadie ve tu cartel? Fue una contestación no tan descriptiva de la anatomía de mi inesperada interlocutora. En realidad su exceso de kilos sólo representa un agravante a su escaso empeño laboral. Pobre gorda de mierda.

Pasé a la boletería de al lado, compré mis boletos, seguía puteando a la gorda culo aplastado y mientras leía la fecha en mi reloj; así entendí porque el día era diáfano y el culo de la gorda se esforzaba menos de lo usual.

Hoy es 17 de octubre. Hoy es un día peronista.

Deportivo Perón 2 - Náutico Scioli 1

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