domingo, 7 de octubre de 2007

Babelmo

Como era usual, los parroquianos se habían congregado otro sábado por la noche en la minúscula parrilla de Carlos Calvo al 400. Ninguno de ellos posee un registro de los años que hace que se conocen, ni cuándo fue que cada uno de ellos llegó al lugar por primera vez. Mucho menos recuerdan en qué circunstancias. Tampoco saben cuál fue su primer tema de conversación, ni el segundo, ni el tercero. Lo cierto es que, sin proponérselo, se ven casi todos los días pero se saludan con el fervor de amigos que no se ven hace años, quizás la misma cantidad de años que transcurrió desde que se acercaron por primera vez al local y le pidieron alguna delicia culinaria criolla al parrillero que en aquel momento les resultaba un ser anónimo, sin nombre, sin familia y sin cuadro de fútbol. Desde la ventana del tiempo han visto cambiar al barrio de San Pedro Telmo, pero su hospitalidad sigue constante para todas las nuevas caras porque saben que todos ellos en algún momento fueron una cara nueva en el diminuto local. No son reacios a las caras nuevas ni a los cambios, salvo a algunos cambios tácticos de los D.T. de turno. Lo cierto es que la década del 90 les trajo la dádiva de la televisión por cable y, por ende, la transmisión en directo de encuentros futbolísticos y pugilísticos, y de algún otro partido de fútbol que por inesperadas circunstancias también contempla la disciplina de los guantes. Por otro lado, la televisión postergó a los medios gráficos. Ya quedan en el recuerdo las revistas deportivas que hoy adornan las paredes del local y rememoran las glorias pasadas de los clubes de cada parroquiano. El comienzo de siglo también trajo la devaluación y sus cambios en el barrio. Hoy en día, les resultaría extraño no ver algún gringo deambulando por la calle Defensa. También se han acostumbrado al paso fugaz por la parrilla de artesanos de peinados raros y de jóvenes de ropa extrañamente combinada, generalmente cineastas o productores. Y como caballeros que son, han sabido darle el lugar a la mujer en ese establecimiento, a tal punto, que quien hoy está codo a codo sacando chori, vacío y mondiola, es la mujer del parrillero.

Todos estos universos convergen en 25 metros cuadrados. Los parrilleros tienen a punto distintos cortes magros para que el cliente no tenga que esperar demasiado. Los habitués del lugar, degustan con infinita tranquilidad su vino tinto con soda mientras dejan que el televisor siga transmitiendo el aburrido Gimnasia - San Lorenzo. Salvo ante el grito de gol con el que el relator anunció el empate del equipo de La Plata, permanecen indiferentes tanto al televisor como a cuatro jóvenes extranjeros acurrucados en el último espacio libre debajo del aparato que cuelga del vértice del local, humanos y máquina tratando de encontrar su propio lugar ante el aglomeramiento. Si bien los cuatro comensales son de orígenes diferentes, el inglés es su lingua franca. Y mediante este idioma expresan su fascinación. Primero hablan de las bondades de los cortes magros argentinos y de lo que, para los parámetros de sus bolsillos, representa un ridículamente escaso monto a abonar. No dejan de repetir este monto, como para corroborar que no están cometiendo algún error de cálculo: “fifty one pesos”. Luego viene la comparación con los costos gastronómicos en sus respectivos países. Pensar en los menús que por ese monto obtendrían en sus respectivas naciones les causa gracia: “you only get shit for that money”.

Llega otro de los muchachos de la barra local y luego de los rigurosos "quiacé" y el sucesivo abrazo con resonantes palmadas en la espalda, comienzan a palpitar el superclásico del día siguiente. El recién llegado es hincha de River pero no le tiene mucha fe a Pasarella. Dice que si pierde “se tiene que ir”. Y así prosiguen comentando los partidos de fútbol de ascenso que vieron esa tarde. En el aire, sus “orsai”, “corner”, “ful” y “referí" se entrelazan con la pronunciación anglosajona de “chori”, “morcilla” “vacío”, “pesos” y “nueve de julio”.

Al mismo tiempo, la emergente oferta nocturna del barrio hace presentes en el lugar a dos jóvenes y la novia de uno de ellos. La conversación sobre directores de cine que venían hilando queda interrumpida al momento en que uno de ellos indaga sobre sus preferencias en el menú.

Finalizó el partido del sábado por la noche. Los parroquianos se burlan del disgusto del D.T. Ramón Díaz. Finalmente termina la transmisión del encuentro y un comercial anticipa el superclásico. Uno de los comensales angloparlantes les comenta a los demás que al día siguiente iría a ver el partido y que le gustaba Boca. Dijo que al igual que el Sao Paulo en Brasil, “Boca is a cult”.

El matrimonio parrillero seguía en sus peripecias para proveer refrigerios y despachar rápidamente a los clientes que hacían pedidos “al paso”, mientras al mismo tiempo conversaban con los habitués que de vez en vez solicitaban algo más para beber. Pero hacer todo esto en el limitado espacio entre el mostrador, los cajones de cerveza y las brasas ardientes no es tarea fácil. Entonces, en esos momentos, uno de los habitués pasaba detrás del mostrador y asistía al matrimonio.

Mientras tanto, el turno del fútbol ya había pasado y alguien ya había sintonizado "Combate Space" porque esa noche peleaba el hijo de Coggi. “Al rubiecito ese lo van a hacer pelota”, comentó alguien.

Los jóvenes de vestimenta extrañamente combinada decidieron qué era lo que cada uno iba a pedirle a la dupla parrillera, pero como la mujer estaba cobrándoles a los felices y despilfarradores extranjeros y su marido había sumergido media humanidad en la heladera para reacomodar bebidas y chorizos, salió al cruce uno de los espontáneos clientes-ayudantes. Al notar que quien lo estaba atendiendo era parte de la clientela, el joven abrazado a su novia le comentó al parroquiano: “no pensaba que estuviese atendiendo”. El parroquiano sonrió y le dijo: “es que son amigos y cuando hay mucha gente yo los ayudo a atender. Es por buena onda, nomás". A todo esto el joven quiso hacer gala de cuán ilustrado era y respondió: “Está bien que sea altruista”. Seguramente, al parrillero/cliente el término le sonó tan ajeno al castellano cómo las conversaciones de los cuatro extranjeros que minutos antes se había retirado casi eufóricos del establecimiento. “¿Qué?”, preguntó por si no había entendido bien debido al volumen del televisor y al rumor constante de las conversaciones de sus compañeros. El joven repitió: “Que está bien que sea altruista”. Esta vez, la palabra en cuestión se escuchó en todo el minúsculo recinto. Muchos siguieron indiferentes al igual que si hubiesen escuchado otro idioma, otros seguramente entendieron “delarruísta”. Finalmente, el espontáneo parrillero suplente, con mezcla de vergüenza y disgusto porque el pibe le hablaba en difícil decidió poner un manto de piedad sobre la situación y concluyó: “Sí. Lo importante es la buena onda”.
Todo siguió con normalidad.

Chango Glamour

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