martes, 11 de septiembre de 2007

Chicas cosmo / Chicas morci

Chica cosmo, argentina, recepcionista bancaria de silueta magra, estilizada pero sin grandes exhuberancias, lucía traje ejecutivo de extrema delicadeza, color crema. Llegó 45 minutos tarde a su clase de inglés porque se quedó dormida, pero a su profesor le dijo que tuvo problemas de transporte. En el apuro olvidó maquillarse y eso la delató. La chica no habla inglés pero su padre gerente de una multinacional le recomendó que aprenda la lengua anglosajona para unirse a las filas de esa corporativa. El profesor se aburre porque debe sacarle frases de conversación con tirabuzón. La alumna lo aburre. Entre los pasatiempos de la joven se encuentran las fiestas de música electrónica y las visitas a los paseos de compras. No mira TV, prefiere leer. Lee de todo, pero no retiene mucho. Cambió de carrera dos veces. Ahora estudia derecho. Trabaja mucho y tiene poco tiempo. Los domingos duerme todo el día. No tiene novio.

El señor termina su clase mutilada por la impuntualidad. Por unos instantes sale a la vía pública pero rápidamente se sumerge en las entrañas del metro. Desciende las escaleras con dificultad ya que una jauría de ejecutivos arremete hacia la superficie con la ferocidad del cancerbero. En el pasillo del subterráneo, un vendedor de paraguas se abraza triunfante al oportunismo meteorológico.

El señor sube a la unidad pero no se sienta. Piensa si el aburrimiento que le produce su alumna es recíproco. Se desocupan más asientos pero como su viaje es corto no se sienta. En realidad se recuesta sobre un costado del vagón. El bolso con lo libros y el grabador le pesan. El vagón se detiene, se abren las puertas y se asoma un imponente escote. La vista del señor recorre al resto de la propietaria del busto pero se desilusiona al ver que la anatomía de la señorita tiene cierta resemblanza a la del matambre. El señor ve que arriba del escote hay una cara que lo mira a los ojos sin inhibición y con cierta ostentación que lo incomoda. Otras compañeras escoltan al escote generoso. Dos de ellas se sientan de un lado junto al matambre y otra última opta por el asiento de enfrente. En la fila de tres señoritas se sientan el matambre, una joven muy maquillada y otra que no deja de masticar chicle. El matambre está sentado a escasos metros del señor que deja de encontrar atractiva la exhuberancia del escote. Prosiguen la conversación que quedó trunca sólo durante el instante en que escogieron los asientos. El matambre posee el caudal de voz de una cantante lírica.

Matambre: ¿Che y vos no tenés ni novio ni marido?

Maquillaje: No, nada, nada. Estoy sola.

Matambre: ¿Pero un cuerito no tenés? ¿Cómo no vas a tener?

Maquillaje: Si, un cuerito sí.

Matambre: Ahh, esta tonta no tiene nada de nada. Ni un cuerito. (Mira a la joven solitaria que se sentó frente a sus compañeras).

Solitaria: No, no tengo. Me agarro un cuerito pero cuando voy a bailar nada más.

El señor siente una mezcla de ternura y risa que trata de contener. El rostro de la señorita es poco agraciado.

Matambre: No, pero vos te tenés que buscar un cuerito fijo, alguien para verse en la semana.

Solitaria: Es que están todos casados. Tiene que ser uno que no esté casado.

El señor piensa: ¡Qué pretenciosa!

Maquillaje: Vos te los buscás con anillo. Buscate uno que no tenga anillo.

Matambre: Yo te quise presentar un despachante pero vos no quisiste.

Solitaria: Ah, sí, claro. Me mandaste al frente, después si me encontraba con el chabón vos le ibas a decir "está es mi amiga de la que te hablé". Ja, ja, ni loca, es un bajón.

El señor piensa: “son promotoras de perfume. Imitación de la imitación deben promocionar.

Matambre: Yo te lo presentaba, ahora si vos tenés vergüenza es otra cosa. Por lo menos, lo tenías de cuerito.

El subte se detiene en la estación Pueyrredón y las cuatro promotoras de perfumes de segunda marca se ponen de pie y bajan de la unidad. El señor ahora se percata de que la señorita notoriamente maquillada luce un pantalón color rosa chicle que enfunda ostentosas caderas y glúteos, y que junto a la delgadez de la señorita le daban la apariencia de una hormiga.

El señor concluye “Buenos Aires es una ciudad de contrastes”.


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