viernes, 7 de septiembre de 2007

Camalotes de papel


Todos alguna vez oímos decir que la música tiene la facultad de transportarnos a determinadas situaciones. Hoy 7 de septiembre lo comprobé una vez más cuando escuché al oriental Alfredo Zitarrosa interpretando "Diez décimas de saludo al pueblo argentino". La letra de su milonga parece premonitoria y me hizo pensar automáticamente en lo ocurrido el pasado 29 de agosto, cuando se inauguró el puerto de las papeleras, o como prefieren llamarle otros con criterio técnico, las “pasteras”. En realidad, lo que produzca ese monstruo industrial, ya sea papel, pasta de celulosa o pirulines, es lo que menos viene al caso.
Lo importante es el inminente atentado ecológico que paralelamente producirá esta industria montada en un lugar cuyas condiciones naturales no hacen propicio el desarrollo de esta actividad. Creo que eso es lo que defienden los asambleístas de Gualeguaychú. Cabe aclarar que frente a esta problemática, no se está poniendo en juego ningún valor de necio patriotismo, lamentablemente uno de los principales estandartes de los uruguayos que apoyan el emprendimiento de la multinacional. Sí, si ¡qué absurda suena esta alianza entre patriotismo y multinacional! Si Artigas (tan citado por los uruguayos que hoy defienden a las papeleras) resucitase, se llevaría una profunda decepción y preferiría la profunda amargura del exilio. Por suerte, también existe una importante proporción de orientales que se percataron de la situación y apoyan la causa de Gualeguaychú.
Por mi parte, sigo expectante y con algunas esperanzas, las novedades del accionar de los asambleístas de Entre Ríos. Para ellos, mi apoyo desde la distancia y las palabras de Alfredo Zitarrosa para las dos orillas.

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Diez décimas de saludo al pueblo argentino (1974)

(Alfredo Zitarrosa)



Allá en mi pago hay un pueblo

que se llama no-me-olvides;

quien lo conozca que cuide

su recuerdo como gema,

porque hay olvidos que queman

y hay memorias que engrandecen,

cosas que no lo parecen,

como el témpano flotante,

por debajo son gigantes

sumergidos, que estremecen.



Mi pueblo es un mar sereno

bajo un cielo de tormenta:

laten en su vida lenta

los estrépitos del trueno.

Pudo engendrar en su seno

las montoneras de otrora

y cuando llegue la hora,

mañana, también podrá

clavar a su voluntad**

mil estrellas en la aurora.



No hay cosa más sin apuro

que un pueblo haciendo la historia.

No lo seduce la gloria

ni se imagina el futuro.

Marcha con paso seguro,

calculando cada paso

y lo que parece atraso

suele transformarse pronto

en cosas que para el tonto

son causa de su fracaso.




Mi pueblo no es argentino,

ni paraguayo ni austral;

se llama “Pueblo Oriental”

por razón de su destino.

Pero recorre el camino

de sus hermanos amados,

el de tantos humillados,

el de América morena

la sangre de cuyas venas

también late en su costado.




Mi pueblo no estuvo ausente

ni mucho menos de espaldas

a la trágica y amarga

historia del continente.

Fuimos un balcón al frente

de un inquilinato en ruinas

–el de América Latina

frustrada en malos amores–

cultivando algunas flores

entre Brasil y Argentina.



Pero mucho no duraron

las flores en el balcón

el rosquero y su ambición,

imprudente, las cortaron.

Y fueron las mismas manos

que arruinaron el vergel,

las que acabaron con él,

las que hoy muestran, codiciosas,

en vez del ramo de rosas

unas flores de papel.



No falta el bobalicón

nostálgico del jardín,

pero entre todos el ruin

es el que trajo al ladrón;

ése no tiene perdón:

si protegen sus ganancias

la decencia y la ignorancia

del pueblo, son sus amores;

no encuentra causas mejores

para comprarse otra estancia.




Ése sí no es oriental,

ni gringo, ni brasilero;

su pasión es el dinero

porque es multinacional.

Mentiroso universal

desde que vino Hernandarias,

piensa en sus cuentas bancarias

ponderando a los poetas

que hacen con torpes recetas

canciones estrafalarias.




Así pues no habrá camino

que no recorramos juntos.

Tratamos el mismo asunto

orientales y argentinos,

ecuatorianos, fueguinos,

venezolanos, cusqueños,

blancos, negros y trigueños

forjados en el trabajo,

nacimos de un mismo gajo

del árbol de nuestros sueños.



Y ahora reciban, señores,

un saludo fraternal;

dice mi Pueblo Oriental:

ya vendrán tiempos mejores.

Cifra de nuestros amores

poncho patria en el espanto

de mi pueblo y sus quebrantos

no les puedo conversar,

sólo les quise entregar

su corazón con mi canto.

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