viernes, 13 de julio de 2007

Me & my cock

A modo de introducción de esta pintoresca anécdota, siento la necesidad de comentar la manera en que una serie de acontecimientos fortuitos remontaron mi pensamiento hasta un hecho doméstico acaecido hace aproximadamente 13 o 14 años.

Me encontraba leyendo los últimos capítulos del libro “Por este camino hacia el Sur”, de A. F. Tchisffely, un británico que entre muchas virtudes contó con la valentía para recorrer a caballo la vasta extensión del continente americano desde la Patagonia hasta Nueva York. Este es sin duda un libro delicioso que abarca aspectos muy diversos, desde la vida cotidiana de los habitantes de la Patagonia, hasta las más profundas reflexiones acerca de la condición humana. Un capítulo que me llevó a una involuntaria cascada de procesos neuronales y químicos que comúnmente catalogamos como “recuerdos”, ofrecía una descripción muy detallada de diversos aspectos asombrosos del comportamiento animal. En primer lugar, el señor Tchisffely, a quién debido a la vivacidad de sus relatos no consideré un escritor sino prácticamente un compañero de viaje, menciona ocasiones en que los equinos habían reconocido a quienes fueron sus dueños años atrás y hasta recordaron “trucos” que les fueron enseñados por sus antiguos propietarios. Luego, él mismo relata su reencuentro con sus dos caballos Mancha y Gato, sus compañeros de viaje en su travesía hasta Nueva York. Además, ofrece detalles sobre una experiencia que llevó a cabo en una estancia y cuyo cómico resultado demostró la agudeza auditiva que poseen los equinos. En aquella ocasión el señor Tchisffely comentaba que en la pampa y en las laderas, las yeguas mansas se usan para mantener a los caballos juntos en su tropilla. Esta tarea que puede parecer muy complicada a primera vista, se efectúa simplemente mediante la colocación de un cencerro en el cuello de la yegua. Una vez que los caballos se acostumbran al sonido del cencerro, nunca se apartan de él. Sin embargo, por los acontecimientos relatados posteriormente, es fácil observar que el autor contaba con un espíritu curioso e inquisidor. Quizás con un el objetivo cientificista de comprobar si los caballos podían reconocer diferentes tonos o por simple diversión, el aventurero británico decidió cambiar el cencerro que había estado suspendido debajo del cuello de una yegua por un largo tiempo. Momentos posteriores, comprobó que la tropilla galopó en direcciones diferentes, relinchando y llamando a la yegua que todavía estaba en las proximidades. La experiencia hubiese estado concluida para cualquier persona no dotada del ingenio de este británico, pero el relator de esta experiencia indagadora del comportamiento animal decidió, una semana más tarde, montar un caballo al que colocó el antiguo cencerro que servía de núcleo a la mencionada tropilla. Dice el protagonista: "Sus miembros de nuevo se desconcertaron y la mayoría de ellos me siguieron hasta una tranquera distante, donde los dejé en estado de gran excitación”.

Al leer estas líneas, no pude evitar asociarlas a una experiencia que protagonicé en Las Encrucijadas, Villa Dolores, Córdoba, y que a no ser por haberme contactado con mis primos recientemente, tras varios años, tal vez la hubiese olvidado. Sin embargo, al recordar los veranos que pasamos juntos en la casa ubicada en el valle de Traslasierra, mencionaron con mucha gracia la historia, que según ellos, constituye un hito en el anecdotario familiar.

Al remontarme al origen de esta experiencia, me resulta imposible encontrar justificación para tan disparatada ocurrencia, pero si comienzo a pensar acerca de las posibles motivaciones mencionaría: la rutina de la vida rural, ornitofobia latente, o el improbable hecho de que yo fuese la reencarnación de Pavlov y desease comprobar en otros animales, los resultados que el doctor ruso observó en los perros.

Recuerdo que en un primer momento observaba (y más tarde asistía) a la familia en las tareas domésticas rurales que involucraban animales. Las actividades de esta índole incluían: alimentar porcinos cuya dimensión colosal era directamente proporcional al hedor que emanaban, soltar a pastar a la vaca y su ternera que, como supe más tarde, tuvieron por destino miles de mesas familiares o algún banquete de estancieros, y por último, alimentar a las gallinas. Cada una de estas actividades tenía algún tipo de asociación mental consuetudinaria por parte del animal, originada en los hábitos y rutinas de la vida de los habitantes de zonas rurales. Los porcinos, por ejemplo, asociaban la figura de mi tía a una sola cosa: alimento. Y ante cada aparición, se lo demostraban con gruñidos y chillidos tan poco elegantes como el corral que habitaban. Sin embargo, lo que más llamó la atención de quien escribe, que en aquel momento era un púber porteño que estaba haciendo sus primeras observaciones de la vida rural, fue el ritual diario de alimentación de las gallinas. Apenas había comenzado mi estadía en la casa, observé a diario que mi tía le solicitaba a algún otro habitante de la casa que “largara las gallinas". El encargado de ejecutar la tarea designada, se retiraba en silencio al fondo de la casa, donde estaba ubicado un gallinero. Era imposible ver que sucedía hasta uno o dos minutos después, ya que los corrales estaban ubicados detrás de otra casa, propiedad de la abuela de mis primos, con quién compartían el lote donde edificaron. Una vez transcurrido ese lapso breve, que en medio de las sierras y el calor del verano parecía multiplicarse en su duración, hacían su aparición a toda carrera, como compitiendo por un inútil primer lugar, los animales que habitaban el corral. La expectativa de los animales se manifestaba en cacareos muy tenues y prolongados, hasta que mi tía se asomaba por la puerta trasera de la casa y arrojaba un tarro de maíz y pedazos de pan rancio. Entonces, reinaba el caos avícola hasta que el banquete estaba concluido, y estas aves de vuelo corto se apartaban unas de otras para gozar de autonomía propia y proseguir con su búsqueda de alimento en lo que antes de que la especie fuese domesticada, era su entorno natural. Estos hechos eran consuetudinarios y yo, su testigo ocular silencioso, mentor de una experiencia que el sector avícola nunca hubiese imaginado.

Al observar las carreras alocadas de las gallinas me preguntaba que podría ocurrir con el comportamiento de estos animales ante alguna situación inesperada. Luego de meditarlo por algunas horas, concluí que la idea llegaría a su realización al día siguiente, cuando pudiese disponer de las condiciones para llevar a cabo la experiencia. Cumplido el plazo, le comenté a la familia el objetivo de mi experimento y ofrecí una precaria hipótesis. Los integrantes del grupo familiar me miraban incrédulos e hicieron unos breves cometarios que refutaban mi metodología. El habitual recorrido de mi primo se vio interrumpido a mitad de camino, en medio del patio, donde pasamos algunos minutos colgando una gruesa piola desde un poste de luz, hasta la pared del inmenso horno que mi tío utilizaba para la elaboración y posterior venta de artículos de panadería. La piola sería el obstáculo impuesto para las gallinas en su alocada carrera diaria. Una vez que corroboramos la firmeza de los nudos, me aparté debajo de un árbol y le dije a mi primo que podía proceder con la apertura del gallinero. Todos los presentes en la casa habían tomado posiciones estratégicas desde las cuales podían observar lo sucedido sin interrumpir o levantar la sospecha de la atlética especie. Transcurrido el tiempo de rigor que le tomaba a mi primo “largar a las gallinas” (ese día este lapso pareció prolongarse aún más), divisé a la tropilla emplumada a toda velocidad, en su habitual puja por un inútil primer lugar a quién sabe qué. La expectativa y el silencio entre los presentes eran tales que en mi recuerdo no registro sonidos hasta el clímax del acontecimiento, momento en que los velocistas avícolas se toparon con el inesperado obstáculo sin siquiera haber imaginado o comprendido un acontecimiento tan inesperado. Lo que ocurrió es imposible de describir. La cómica escena estuvo protagonizada por un compacto torbellino de plumas de todas las variantes, polvo, aleteos, sorpresa, cogotes, colisiones entre pechugas, espolones, hitas, cacareos, pisotones, vuelos al ras, calor, picotazos, carcajadas, crestas, desconcierto, patas, alas; y toda la escena tenía como núcleo una piola atada firmemente que resistió y repelió el embate del grupo sorprendido.

Una vez que nos recompusimos del dolor muscular, abdominal y facial, efectos colaterales de habernos retorcido a carcajadas por varios minutos, las indignadas gallinas, si es que poseen este sentimiento, recibieron su alimento y el día continuó en calma hasta la noche cuando recordamos lo sucedido y anuncié que la experiencia se repetiría al día siguiente. Comenté que el objetivo era demostrar que el raciocinio de estas aves era muy limitado y que seguramente no poseerían la capacidad de recordar lo sucedido, salvo que el obstáculo se tornase habitual.

Al día siguiente se repitieron todas las tareas logísticas necesarias para repetir la experiencia. Las condiciones necesarias estaban dadas y se liberó del corral a las gallinas, quienes emprendieron el recorrido con su habitual velocidad, como si nada hubiese ocurrido el día previo. El momento se asemejó a un deja vu hasta que centímetros antes del obstáculo, la compacta masa avícola se detuvo y observó la piola como lo hace esta especie, primero con un ojo, luego con ambos, de frente, y luego con el ojo del perfil restante. Finalmente, la teoría que subestimaba su inteligencia fue refutada por el comportamiento del alado grupo. Algunas gallinas se percataron de que era posible emprender un vuelo rasante sobre el obstáculo, otras divisaron un camino alternativo por el costado del poste de luz. Finalmente, todas lograron sortear el obstáculo y se reunieron en la puerta trasera de la casa donde mi tía les ofreció el habitual maíz que ahora pienso, posiblemente estimule el desarrollo de la inteligencia avícola.

Al hacer una análisis retrospectivo de la experiencia, concluyo que fracasé en demostrar la falta de inteligencia de la gallina, animal que no es de mi agrado, salvo en los platos. Sin embargo, a partir de lo sucedido, se han presentado otras ventajas impensadas. En primer lugar, esta experiencia corrobora el dicho: “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. En segundo lugar, la historia constituye un desopilante entretenimiento a la hora de repasar el anecdotario de los habitantes y huéspedes de la casa de Las Encrucijadas, donde seguramente siguen recopilando historias cotidianas y contándolas en la sobremesa.

Chango Glamour

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